Y en todos los lugares donde decido irme

Me detuve en una estación, como si el café salvará mi dia, no te preocupes paloma, cantaba una voz detrás del mostrador. Afuera hacía frío, sí que lo hacía, el viento que rodeó mis piernas al abrir la puerta me dió cuenta de ello, mi vida fuimos a volar con un solo paracaídas, seguía, después le siguieron silbidos. El chico tenía una cicatriz en la cara y torpemente se le caían las cosas al piso, un hombre robusto quien parecía ser dueño de algo, no se inmuto para ayudarlo, pero el chico no dió cuenta de ello y siguió cantando.

Dirigí mi vista hacia la ventana, y una angustia invadió mi cuerpo.

-”¿Cuánto es?” -”30” -”gracias, hasta luego”.

Fuera de mi cabeza la vida seguía, fuera de mi, las personas vivían, y yo inerte en este mísero círculo que me mantiene hundida en busca de quién sabe qué. Alargue el café lo más que pude, unos sorbos más y se terminaba, tendría que irme y tendría que seguir, el chico seguía silbando la misma canción, tal vez la seguiría cantando, hasta que se canse o hasta que alguien más le diga que pare, ojalá que no, ojalá que no pare, y que siga cantando con el mismo entusiasmo que lo hace quedarse en su mundo ante tanta vida falsa, intentando buscar una palabra adecuada, levanté mi vista y me topé con la de él, ante la monotonía que nos une y nos desune, que nos arma y nos desarma.

De repente el lugar empezó a llenarse de gente, hacía rato que había terminado mi café, me levanté de la silla y decidí irme, hacía rato que ya no se le escuchaba al chico cantar.

La vida en un simple silbido, la vida en dos miradas que se cruzan, en dos brazos que nunca se alcanzan a abrazar, en dos personas que nunca se llegan a encontrar, está la vida y está mi vida, está la vida que no puedo evitar, que me rodea y me lleva como la corriente de un río y está mi vida que vuelco en tus ojos cada tanto con ese brillo tenaz que tienes al mirarme, está mi vida, en las simples caricias de mi madre, en una palabra consuelo de mi padre, en las manos cautelosas de mi abuela que siempre me despide con un “cuídate por favor”, está mi vida en las risas de mi hermano y en las caricias al alma de mis mascotas, está mi vida, cuando decido mirarte y no apartar la vista, y ese hermoso color en tu pelo que se mezcla con el sol, está ahí y está en todos los lugares donde decido quedarme.

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