4:50 a.m

Puede que huya más veces de las que me quede

Puede que no sepa dónde pertenecer

que el hogar es mi cuerpo

Pero ya no hábito en el

Puede que he mutado hacia otras pieles

Con la valija a medio hacer

Escapando del espejo que refleja mi ser

Cuántos silencios ahogados en las paredes

Cuántas madrugadas esperando verte volver.

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Y sin querer aún te espero

Me quedé con las manos llenas de cristales y aprete los puños cada vez más fuertes. He dormido en tu espalda como quien no espera un mañana, sin saber que el mañana no me esperaba aquí contigo. Y te has convertido en tinta, herida y cicatriz, pero esa cicatriz que aún molesta en los días fríos de viento y lluvia.

He huido de ciudad en ciudad escapando de ti, sin saber que eras tú la protagonista de mi sombra y me has perseguido por cada rincón, de cada cuadra que he caminado.

Y voy dejando detrás pellejos de mi piel, me olvide de tanto buscarte y me perdí de tanto esperarte, la espera se hizo eterna, tan eterna que aún sigo esperando, tan eterna que ya olvide que esperaba.

¿A dónde van las cosas cuando acaban?

¿A donde van las cosas cuando acaban?
A un laberinto oscuro y desorbitado de olvidos
Donde los recuerdos se pierden
Inalterados con el paso del tiempo
A un mar de arrepentimientos
Donde solo en el vació caben
Y las almas inhabitadas
Quedan suspendidas por los pasillos de la memoria
El dolor acompaña el sigilo del silencio
Y el olvido
Se empeña a jugar a muerte con la vida.

Cuánto se gana incluso cuando se pierde

Y si solo se hubiera resumido a mirar el cielo contigo, si lo hubiera sabido en ese preciso instante, me hubiera dejado vencer contra aquello que tanto batallaba, hubiera sabido ver la victoria de aquel momento. Me hubiera abandonado a ese patio, me hubiera abandonado a tu cuerpo y al cielo que nos contemplaba. Ese día las nubes se ganaron mi fascinacion, y si pudieras verme ahora, si pudieras verlo, aún sigo mirando todo aquello que admiraba. Aún miro las estrellas, las nubes, la luna, y cuando me encuentro con un poco de valentía, me escapó a mirarte.

Tengo la maldita costumbre de escribir sobre amores, olvidos, personas pasajeras. Tengo la maldita costumbre de no poder volcar en palabras lo que más me atormenta, eso que todos tenemos, que nos hace débiles, humanos, eso que nos desnuda, nos desgarra y a veces nos mata poco a poco. Cada uno con sus demonios, y yo… A merced de los míos, cada uno con sus cosas… Tan distantes, olvidados, incomprendidos.

A veces la palabras no alcanzan, no sé exteriorizan, no se cruzan, el llanto no alcanza, no hay vía de escape ni nada que desahogar, porque eso se queda ahí adentro, justo en el pecho, fuertemente punzante, como si nunca fuera a ver la luz, ya no hay nada para decir y la mirada explica más cosas de las que puedo entender. Y el silencio atormenta, atormenta tanto que arrebata el habla, y las palabras que no quieren ser escritas.

No es uno de los mejores escritos, ni el más bonito, ni uno que me dé una pizca de orgullo, pero tal vez, el más real hasta ahora…

Eras simple, demasiado simple, como querer llevar una vida tan cuadrada, estructurada, y muy bien sabías que nunca forme parte de ese retrato. Pero me volví tan adicta a tu lado, tan adicta, que olvide mis propios sueños, y los días se resumieron a la simpleza de solo tenerte y que tú presencia abarcara todos mis días. Y olvide lo que quería, lo que tanto de chica había anhelado y ahora que tú presencia se convirtió en ausencia, vuelvo a sentir el sabor de mis metas, y ahora que solo mi presencia abarca todos mis días, me encontré como nunca antes me había encontrado.

No lo digas, hazlo

No me digas que me quieres, lo pondré en dudas y creeme las cartas terminaran a mi favor, no me hables de “por siempres” que lo he escuchado tanto en bocas de quienes olvidan la vida, esa que antes era suya, tuya, para terminar siendo dos polos opuestos, gravitando en otros mundos. Así que no me hables de “por siempre” que ya no forma parte de mi vocabulario y el único “por siempre” que conozco es el pasado atenuando cada marcha de mis pasos.

No me digas que me amas, ni me lo susurres al oído, ni lo grites a los cuatro vientos, no quiero saberlo, no quiero anclarme en unas palabras que no saben de victorias, que su subtítulo es derrota y llevan a cuesta más dolor que esperanza. No quiero detener mi marcha, ni olvidarme de mi, por dos palabras mal conjugadas, que de tus labios significan algo y ya lo he dicho antes, yo prefiero hacer del amor mi propio significado.

En cambio prefiero fijar mi vista en el contorno de tus labios segundos antes de besarme, esa que ansía comerse al mundo y se detiene por un instante para prestarme unos segundos de ti.

Prefiero enredarme en tu pelo, en tu cuerpo, en tus manos, y no enredarme con historias aún no escritas de futuros inciertos.

No me hables de amor que me quita el aire, y me asfixia claustrofóbicamente, así que ven, y quítame el aliento que de tu cuerpo no hay vía de escape, y es en el único laberinto en el que ansío perderme.

No me hables de pasados ni de futuros, tampoco de presentes, vení y deteneme el tiempo con solo una mirada, y que el tacto de tu piel quebrante las agujas del reloj, hasta que no existan pasados, presentes ni futuros, que anhelo un mundo donde tiempo no sea cuestión de correr.

No me digas te amo, traducime la vida esa que tú tinta cuenta y es tan bonita como la tiendes a ver.

Así que no me hables de amor, ven y hazme el amor.